El asesinato de los Wayúu es una declaración de guerra

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Por: Isaac Buitrago Quintana
@IsaacBQ511

isaac-wayuEn este país la cosa está tan mal que nos hemos acostumbrado a muchos titulares de prensa. Usted puede levantarse un día a revisar lo que hay “de nuevo” en los medios de comunicación y fácilmente encontrar: “Escándalo de familiar de diputado”, “Ordenan investigación de…”, “Sancionan alcalde por corrupción en…”, “Nexos de congresista con paramilitares”, etc, etc, etc…Es tan bárbara la situación, que incluso se hace política diciendo ser honestos como principio rector, decir “yo no robo” se ha vuelto una manera estupenda de hurtar ilusiones de cambio.

Y este vergonzoso escenario se ha vuelto algo tan cotidiano que no podemos esperar un gran brote de indignación, a menos, claro está, que haya cierto interés detrás de que uno de estos parezca una hecatombe sin precedentes. Pero simplemente NO, NO podemos seguir acostumbrados al asesinato de nuestro futuro, NO podemos seguir intactos mientras un billete vale más que la comida de nuestra infancia, NO podemos seguir con los ojos puestos en otros países mientras en COLOMBIA –nuestro país- se dan hechos que deben ser simplemente inaceptables.

Cuando en Francia fueron asesinados varios caricaturistas de la revista Charlie Hebdo,  las redes sociales se inundaron de je suis Charlie; cuando en Venezuela pasa algo, el gobierno venezolano está en boca de todos; cuando Estados Unidos emprende una guerra “para la defensa de los derechos humanos” en cualquier parte del mundo, los aplausos sobran para honrar esas invasiones, pero cuando 5000 –o más– niños pertenecientes al pueblo originario wayuu, mueren por hambre se guarda un silencio cómplice, parece que les quitaron hasta la oportunidad de ser un hashtag, nadie dice je suis Wayúu, no se critica al gobierno y tampoco a un sistema de acumulación que no necesitó una bala para quebrarles el alma.

Es que no fue otro el motivo de esas y muchas otras muertes, el dictamen final debe ser muerte por avaricia. Es que mientras sus estómagos exigían a gritos alimentos y agua potable, los bolsillos de otros se llenaban: se llenaron los de los explotadores de los recursos naturales, a quienes les pareció muy lógico detener el río  Ranchería y doblegar la naturaleza a intereses particulares, que en vez de traer algún beneficio a la etnia indígena más grande de nuestro país lo que provocó fue una condena de muerte a quienes desde tiempos prehispánicos habitan estas tierras.

Pero estos no fueron los únicos autores de esta masacre, también hay miles de bodegas llenas de alimentos que han sido apropiados por unos pocos, esos pocos que le han dado mayor valor a un papel –hablo del dinero– que a la vida de otras personas. A estos se les debe sumar todavía uno más, los que se adueñaron de los recursos públicos para sus intereses propios y con un silencio cómplice dejaron que la muerte tocara la puerta de nuestro futuro.

Esta cantidad de conductas desplegadas que dieron este atroz resultado y esta situación inaceptable no son un delito, son un acto de guerra, una nueva declaración de este sistema y quienes detentan el poder contra el resto de la humanidad, acá no se diferencian credos o nacionalidades, mientras este sistema crece y los bolsillos de unos cuantos son los únicos que tienen un alimento fijo, los derechos son recortados y lo público entregado al mercado. ¿Con esta situación es posible hablar de “una Paz estable y duradera”?

Los diálogos que hoy se tienen en La Habana con las FARC y los que se espera se tengan con el ELN, si no tocan la estructura del sistema solo serán solución para una de las expresiones del conflicto: la armada. Pero allí no frenan las muertes, si no hay un cambio profundo, en palabras claras, una revolución, solo será cuestión de tiempo para que las armas vuelvan.

Por los caídos en esta absurda guerra hoy mis respetos y mi compromiso de lucha, porque bien lo dijo Piotr Kropotkin: «En medio de este mar de angustia cuya marea crece en torno a ti, en medio de esa gente que muere de hambre, de esos cuerpos amontonados en las minas y esos cadáveres mutilados yaciendo a montones en las barricadas… Tú no puedes permanecer neutral; vendrás y tomarás el partido de los oprimidos, porque sabes que lo bello y lo sublime -como tú mismo- está del lado de aquellos que luchan por la luz, por la humanidad, por la justicia.»

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