Moravia: la casa del desinterés estatal

Es un riesgo común al hablar de Moravia tender hacia lo literario, sin embargo, no pienso hacer mucho para evitar este riesgo, pues al dar mi opinión sobre un espacio tan irreal y al mismo tiempo tangible la idea ya es extendida de que allí en Moravia hay algo que no funciona, y no son precisamente sus habitantes o el territorio, amerita todos los recursos a mano para dar cuenta de lo que pasa allí; una urbanística que engulle comunidades y se llama a si misma progreso ha deambulado por esas calles hace ya algún tiempo, la misma ciudad que permitió indiferente que la primera población desplazada que llegaba a la urbe se asentara allí y que cuchillo en mano hicieran de las sobras  del basurero su alimento y su hogar, ahora ve con lujuria el territorio de los antes desposeídos, que por azar del desarrollo urbanístico quedaron en una zona estratégica del corredor de servicios del valle de aburra.

En Moravia la ausencia de interés estatal prolongado se conjugó ahora con la ausencia de planeación, para dar como resultado un modelo de despojo, en el que las comunidades han tenido que luchar  –literalmente- por permanecer en un territorio que durante mucho tiempo no significó menos que la vergüenza de los alcaldes, al dar la recepción a los visitantes de la ciudad que ingresaban por una de las principales terminales terrestres.

MoraviaCon la llegada del metro de Medellín al territorio la condición periférica del basurero comenzó a cambiar, mucho pasó allí antes de que llegara el Metro, muchos ranchos crecieron, se reprodujeron se incendiaron y se fueron, junto a promesas de vivienda que llegaban y se iban cada 4 años,  la ciudad cambió y el progreso de concreto llegó a tocar las puertas de Moravia, el territorio se hizo central y no tardaron en ponerse en la agenda pública las demandas urbanísticas urgentes de la administración.

Con la declaratoria en mano, la de emergencia biológica sobre los predios del basurero desde hace 10 años aún vigente, se inició el proceso de reubicación de los habitantes de Moravia y en especial del sector conocido como “el morro”, una pila de basura que pareciera otro cerro tutelar de Medellín cubierto de casitas. Ahora los ranchos valían algo, 7 millones se ofrecía inicialmente por las mejoras en ladrillo, naturalmente el plástico, la madera y los pendones viejos que emulaban una casa no valían nada, dinero que debía alcanzar para reubicarse en algún otro lugar de la ciudad, lejos de sitios de encuentro ciudadano, del metro, del jardín botánico, del planetario, de la universidad de Antioquia, donde fuera pero lejos, pues al parecer nada de esto había sido construido o mejorado para ellos.

La paquidermia del estado volvió el proceso aún más gravoso, los jóvenes que eran menores de edad al momento de prometerle una casa a sus padres damnificados del incendio, han crecido, conformado una familia y ahora reclaman -con justo motivo- una vivienda propia o por lo menos no quedar inhabilitados para postularse a un subsidio por el hecho de habérseles asignado una vivienda de papel. La priorización del concreto en ornato para la ciudad y los visitantes, ha devenido en la crisis de la habitabilidad urbana que hoy padece una ciudad sobrepoblada y mal distribuida, que al crear espacios de encuentro ciudadano margina urbanísticamente a los más pobres de la posibilidad de su disfrute y al mismo tiempo arranca de ellos su pertenecía, raigambre, identidad, en suma su ciudadanía con relación al territorio que habitan.

Las soluciones han ido llegando gradualmente, la lucha de los habitantes ha obligado a cambiar la estrategia inicial de despojo por la fuerza, presionando la incorporación del aspecto social, conquistando no solo una indemnización más alta, sino desarrollando un tejido social y paisajístico alrededor del morro, creando incluso categorías propias para preservar los derechos a la vivienda digna, como por ejemplo la idea de los hijos de Moravia; que no es nada distinto  al reconocimiento de la deuda histórica derivada de la lentitud del estado para resolver los requerimientos de una sociedad cambiante en tiempo real. Garantizando el derecho a quienes en el tiempo de las promesas de vivienda eran menores de edad, quienes han crecido, son menos crédulos y tienen una familia.

Así, Moravia ha sido un taller de aprendizaje, para la comunidad y sus luchas, y para la administración y sus planes, muchas son las moralejas que quedan, y aún más el trecho que falta por recorrer, muchas sobre pertinencia y otras tantas de planeación, nuevas concepciones del territorio más allá de los ladrillos, pero más que nada la urgencia expresa y manifiesta de planear con y para las comunidades, que como elemento vivo no puede ser indiferente al concebir una reforma urbana. Indicación que no debe pasar desapercibida en los momentos en los que entra nuevamente en el tinglado la discusión de un Plan de Ordenamiento Territorial que margina las lecciones aprendidas, con el agravante de que la institución de desarrollo de vivienda de la ciudad se encuentra sometida -como una veleta- al cambio de los vientos políticos y las cuotas burocráticas, retrocediendo los progresos, acuerdos y aprendizajes, zanjando la confianza en las instituciones que frágilmente se ha construido con las comunidades.

Santiago Salinas
santiagosalinas@victorcorrea.com.co

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