Pobres atacando pobres…

Por Isaac Buitrago
@IsaacBuit

Isaac BuitragoEl miércoles 18 de noviembre me levanté con la ansiedad y la tristeza tiñendo mi semblante. No había una razón nueva, era lo de siempre: un proyecto de ciudad que confunde acabar la pobreza con acabar a los pobres. Esta ocasión era mediante otros desalojos, de nuevo en el sector El Oasis del barrio Moravia. Con el tiempo uno coge un poco de cayo; sin llegar a entender como normal el atropello de derechos, lo ve como cotidiano. Sin embargo siempre pasa algo que nos sorprende.

Esa mañana fui a acompañar a uno de los habitantes del barrio a los juzgados, el señor Brigido, quien con nuestra ayuda había presentado una acción de tutela, indicando que la alcaldía no respetaba los protocolos internacionales en los procesos de desalojos. Pero en realidad él estaba algo aturdido para entender exactamente lo que estábamos haciendo; su mirada dispersa revelaba que su preocupación real eran su esposa y sus dos hijas. Es que los habitantes de esos barrios ya pasaron por la barbarie del conflicto y se acostumbraron al abandono del Estado y la indiferencia de los demás, pero en medio de esa tragedia no han perdido la capacidad de sonreír y querer a sus cercanos.

Una vez terminada la diligencia en el juzgado, Brigido nos regaló unas palabras, que desmitificarían cualquier postura de que al pueblo le hace falta formación política. Escucharlo a él y a la forma en que entiende su relación con el Estado podría resumir informes de derechos humanos, no pude evitar preguntarle ¿dónde iba a dormir? Su respuesta me dejo frío, me dijo que eso no le preocupaba, que algo se solucionaba, que le preocupaban primero su esposa y sus hijas.

Salimos de ahí rumbo al barrio, llegamos al primer anillo, ahí unos policías se veían charlando entre ellos como si nada hubiera pasado, me pregunté ¿cómo lo hacen? ¿Cómo pueden llegar y simplemente cumplir órdenes sin notar la miseria de la que son cómplices? Don Brigido lo único que hizo fue acelerar el paso, solo quería encontrar a su esposa, lo alcancé y le quise seguir el paso.

Un par de cuadras más tarde nos encontramos otro cordón de seguridad. Esta vez tenían la armadura puesta, pretendíamos seguir derecho, como si no los hubiéramos visto, pero eso no fue posible, se sintió un grito: ¡por ahí no pueden pasar! Antes de reaccionar recordé la prisa de Don Brigido, me volteé y pregunté ¿entonces por dónde? La respuesta fue igual de fría y desconsoladora que el panorama, el uniformado sin titubear me dijo: “No sé, no me importa, pero por ahí no”. No podía tolerar esa respuesta, lo increpé y le pregunté:  “¿por qué tiene que ser grosero? ¿no ve para lo que se está prestando? ¿no entiende que eso no construye patria?” Don Brigido se detuvo por primera vez.

En ese momento, en ese intercambio de gritos y malas miradas, el policía hizo valer su uniforme, las palabras que siguieron: “joven, una requisa”. ¿Ahora por qué, cuál era el pretexto?, ¿acaso tenía yo la culpa que él estuviera molesto? Nuevamente le pregunté: ¿por qué?. Mientras el detenía a otro de los acompañantes e iniciaba una requisa, solo atine a decir: país de mierda. Me escucho y me dijo: “si no le gusta este país, entonces váyase”. Quise decirle tantas cosas, la sangre me hervía y ofuscado le dije: “No me tengo que ir porque vamos a ganar y vamos a cambiar esto”. En ese momento Don Brigido se acercó y me dijo: “Mijo, no haga caso, son pobres”. Empezó a caminar y lo único que pude hacer fue seguir el paso, el uniformado no me requisó y se quedó viendo como nos alejábamos.

Quedé totalmente aturdido, no por los gritos del policía, sino por la actitud de mi compañero, quien todavía me tenía una sorpresa. Al empezar el laberinto para lograr encontrar a su esposa, se encontró con otro habitante del barrio, intercambiaron palabras y dijeron: el problema son los doctores esos que mandan, el resto no importan. Entonces lo entendí, para Don Brigido, los policías que participaron en el desalojo eran pobres que agredían pobres, por órdenes de personas que ni conocen para interés de ricos a los que no les importan.

Deja un comentario