Un ciudadano de a pie en el Capitolio Nacional

Un ciudadano de a pie como nosotros, porque los congresistas andan en camioneta, no alcanza a imaginarse todo lo que implica “llegar al Congreso”, asunto que pensábamos que correspondía, de manera exclusiva, a quienes recibieran el aval popular para ejercer una curul en el Congreso de la República. Pensábamos que con ese importante aval bastaba para tener igualdad de derechos respecto a los otros congresistas, que se podía ser escuchado ¡qué ilusos somos! pensábamos que si íbamos al Congreso, nos dejarían entrar.

Cuando trabajamos en la campaña, estábamos haciendo cuentas sobre cómo asumir la cuVictor Correa en el Capitoliorul en la Cámara de Representantes, ya Víctor tenía claro cómo terminar su carrera de medicina alternando con el Congreso de la República y de una forma u otra, todo el equipo de trabajo tenía algunas ideas sobre cómo se iba a trabajar desde aquel escenario. Llegó el nueve de marzo y sacamos una votación que nadie esperaba, pues nosotros esperábamos mucho más y la gente que “sabe de política”, mucho menos; pero alcanzamos el apoyo de más de 5 mil antioqueños, sí, nosotros sin plata para movernos, sin experiencia y sin más maquinaria que la Comancha –una camioneta modelo 91 que nos donaron para la campaña- y una moto que nos donaron los cafeteros del suroeste en una “vaquita” que hicieron para movilizar a su vocero.

Víctor Correa aparecía ahora con relevancia en el mapa político del Departamento y su aparición era un logro para todos nosotros, aunque no hubiésemos alcanzado la curul ese día y la obtuviera el compañero Rodrigo Saldarriaga, asunto que verdaderamente nos alegraba y nos enorgullecía: hacer parte de la gesta que recuperó la curul en la Cámara de Representantes para Antioquia, la curul del Polo, ahora en cabeza de un hombre que había demostrado que podía poner el nombre de nuestro partido y del departamento con un buen toque de ironía y mucha inteligencia en el Congreso de la República.

La vida siguió, nos preocupamos por mantener el equipo cohesionado, nos encontramos trabajando en la campaña a la presidencia de la compañera Clara López y seguimos pensando en lo que se venía, en el proyecto futuro para este proceso político que apenas nacía, y que se auguraba mantendría un crecimiento constante. Recibimos la noticia de la enfermedad del compañero Rodrigo y de inmediato llamamos a sus compañeros más cercanos a ofrecerles el apoyo que necesitaran.

Víctor empezó su trabajo como interno en Abejorral, yo asumí la administración de un bar, todos volvimos a nuestros estudios, Anderson asumió la Dirección de Regionalización en la Escuela de Nutrición y empezamos a pensar en el proyecto con Víctor para la Asamblea Departamental.

Yo, me encontraba haciendo aseo en el bar, cuando recibí una llamada con la infausta noticia de la repentina e inesperada muerte del compañero Rodrigo, un compañero me llamó y me dijo: “acaba de morir Saldarriaga, contacta a Víctor que no contesta”; sin más detalles colgué y sin pensar en algo más me dediqué a contactar al compañero que estaba en un turno de urgencias en el hospital de Abejorral, por lo que le resultaba imposible contestar.La noticia fue un baldado de agua fría para todos, ahora la tragedia inesperada nos había puesto en frente un reto mayor aún que el que esperábamos asumir cuando pensamos en la candidatura.

Nos miramos a la cara y después de lamentarlo, entendimos que teníamos una responsabilidad que debíamos asumir, especialmente Víctor, éste compañero que, de la noche a la mañana y después de haber reorganizado su vida, se convirtió en Representante a la Cámara por Antioquia.

Nos empezábamos a dar cuenta que de verdad Víctor asumía la curul en La Cámara, cuando entramos en una preocupación que a nadie se le ocurriría cuando desde su posición de ciudadano piensa en el Congreso: “toca pelear por la oficina”; nos entrevistamos con el Secretario General de La Corporación y nos dijo: “tranquilos, que tienen derecho a su oficina y a los carros”, Víctor y yo nos miramos, tranquilizándonos el uno al otro, preguntándonos en silencio ¿será?

El caso es que nos fuimos a conversar con los parlamentarios del Polo y nos contaron asuntos que uno no se imagina, como que personajes como el Senador Robledo tuvieron que andar en un carro viejo buena parte de su periodo mientras otros congresistas tenían todos su “derechos” completos, que había que pelearse las oficinas como en la cárcel: si nadie te hereda una te toca dormir en un baño, que hay congresistas que tienen tres y si te toca una muy pequeñita te dan dos, que nos toca como el primer día de clase en esas escuelas donde algunos estudiamos, donde no todas las sillas estaban buenas y había que llegar temprano para tener un buen lugar, más o menos así, solo que aquí no todos los niños tienen que hacer fila, algunos tienen las llaves del salón unos días antes.

Nos fuimos para el Congreso y entendimos dos cosas: la primera, cuando intentamos entrar y tuvimos que llamar a todo a quien conocíamos para poder ingresar al Capitolio, y empezaban las dudas, la grabación del conmutador del Congreso termina con la lapidaria frase “bienvenidos a la casa de la democracia”, después de una retahíla que en resumen dice “si no tiene quien lo reciba adentro no intente venir que la policía no lo deja entrar” nos sentíamos como Pacífico Cabrera – el de sábados felices – haciendo fila para entrar a la “casa de la democracia” a la que, por supuesto, no se puede entrar sin invitación; y la segunda, es lo fácil que se puede suplantar a un congresista, o por lo menos eso parece, porque sin identificarnos plenamente y con el mero hecho de decir que Víctor reemplazaba al compañero Saldarriaga, todo el mundo cambiaba las listas sin preguntar más y saludaba con beneplácito e indolencia al nuevo Representante, recordamos entonces, que alguien alguna vez nos dijo: “todos te tratan bien porque eres congresista, pero no hacen el trabajo que les pides”.

La única forma de poder medio ubicarnos fue gracias a la solidaridad de los compañeros del partido, víctimas de esa desigualdad entre los agentes de la democracia y curtidos de los métodos para conseguir en el Congreso los derechos necesarios para poder funcionar, que no son para todos los congresistas. Logramos conseguir espacios pequeños y distantes pero cómodos, herencia de una congresista saliente del mismo partido; el pobre Víctor mantiene sus sacrificios, le asignaron un escolta por obligación, que se llama Gentil – que esperamos que su nombre coincida con su personalidad– ahora perdió intimidad y va a tener una sombra pero debe acostumbrarse; lo de los carros sigue sin solucionarse, vamos a tener que montar en la moto de Víctor a Gentil y vamos a seguir como llegamos: a pie; porque claro, aunque nos cumplan con la camioneta, Víctor, a pesar de ser congresista va a querer mantenerse de a pie, como nosotros, lo digo yo que lo conozco.

Carlos Mario Patiño
carlosmario@victorcorrea.com.co

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