Víctimas de las FARC no son un cuerpo homogéneo

victimasTres intervenciones arrancaron furiosos aplausos del público, tres panelistas de corte completamente diferente marcaron el ascenso y descenso del éxtasis de los asistentes, entre una y otra ponencia,  valles que simplemente desarrollaban o morigeraban las posturas. El evento confirmo mis expectativas y era que las víctimas de las FARC al igual que muchas otras víctimas no son un cuerpo homogéneo de opiniones y expectativas, aunque algunos pretendan de forma socarrona ser la voz de un solo sentimiento herido.

Al oír al exsenador Oscar Tulio Lizcano hablar de la necesidad de la formación de una ética del perdón como camino a la construcción de la paz, una parte del auditorio permaneció en un tenso silencio propio de los duelos incompletos, con rostro de incomprensión, en unos pocos muy pocos arranco una mueca de desagrado, mientras otros tantos aplaudíamos como niños, la posibilidad real de una transformación desde los cimientos más profundos de las realidades sociales. En el otro extremos se encontró el rígido positivismo institucional medrando ahora de las fuentes del derecho internacional, para decir con cadencia decimonónica que habrían límites al proceso y la necesidad e incluso urgencia de un castigo,  y que sin este, sin el religioso suplicio purificador y la inhabilidad imperecedera y procedente no sería posible la paz , en suma que no sería posible la paz y que no era deseable , en sus temores de ropaje legalista coincidía el procurador con el discurso dubitante pero prístino del soldado Jhon Frank Pinchao.

Una voz familiar reverberaba en mi cabeza mientras oía hablar al soldado, la enseñanza de Lucas con toda vigencia en voz del maestro Yoda sintetizaba mi preocupación “El miedo es el camino hacia el Lado Oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”, curiosamente de todos los que habían sufrido las atrocidades de la guerra y hoy nos hablaban, pocos se encontraban de regreso, muchos continuaban atrapados por el miedo, y otros tantos trataban de diseminarlo. La incertidumbre que no es lo mismo que el miedo, había sido substituida allí por especulaciones de fantasiosas venganzas perpetradas por su enemigo en su inminente llegada al poder, licenciosas mentes desbocan un temor que hace urgente apagar el clamor de paz, vengarse del enemigo, volver a las armas a pesar de nunca haber tomado una y sin siquiera pensar en tomarlas, que mueran otros, los de siempre.

La tercera postura provino de la voz herida de una hija de la violencia , un clamor que reúne no solo las expectativas más modestas y realistas si no una promesa compleja, según la cual si las FARC no aprovechan este momento difícilmente tendrán otra oportunidad similar, y ellos – este grupo de víctimas- estarán ahí para recordarlo. Encontrar la paz allí, rodeado de dolor, como en el resto de Colombia, no era un asunto pese a mis gustos, de elegir qué postura predominaría,   algunas cuotas de razón les asistían incluso entre las posturas más radicales y mordaces, lograban para sí algún grado de coherencia en cuanto a la dimensión de los daños sufridos en el devenir del conflicto, aunque poco interesa que grado de razón les confiera a quienes intervinieron, pues ese dolor no es cuantificable.

En un aparte especial de la memoria ha quedado la queja de policías y militares, que ofrendaron parte de su vida e incluso de sus cuerpos al que hacer de la guerra a la que llaman patria y ahora miran con recelo y duda que se ofrezcan garantías a quienes se desmovilizaron, con muchas consideraciones en medio pero una principal, y es la duda de cómo cumplir con las promesas si a ellos no se les ha cumplido en los básico, pensiones de miseria, dificultades laborales, falta de asistencia y la negativa a una vivienda, son avatares de los que nadie culparía a las FARC  y que pone de manifiesto un conflicto desgastado que hace mucho tiempo ya nos enroló a todos en sus filas.

Las víctimas son portadoras de verdades que no emergen en la pantomima del tinglado político, donde se caricaturiza demagógicamente su sufrimiento para suplantar la voz de quienes de otra manera nos acusarían a todos como parte del calvario que les ha tocado vivir. Esa misma demagogia que ocluye sus reivindicaciones nos quiere hacer creer que todos somos víctimas de las FARC y solo de las FARC, cuando mucho han confluido en este conflicto como para poder seguir echándonos cuentos de héroes y villanos.

Santiago Salinas
santiagosalinas@victorcorrea.com.co

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